ESCRITOS DE ENFERMERÍA
 
 
 

Una mirada ética hacia el cuidado del anciano con dependencia

 
 
 
  Mireia Boixadera i Vendrell: Enfermera. Directora. Residència Assistida i Centre de Dia Santa Rosa (Mollet del Vallès, Barcelona). mboixadera36611@coib.net
Josep Anton i Riera: Enfermero supervisor. Hospital Universitari Vall d’Hebron (Barcelona). Profesor colaborador. EUI Vall d’Hebron. (Barcelona). joanton@vhebron.net
 
 
 
 

En las últimas décadas se ha producido una transformación de la familia, hecho que ha supuesto un desplazamiento en muchos casos de la figura del/la cuidador/a que ha pasado de ser un familiar a un profesional sanitario. La bioética aplicada a las ciencias de la salud se articula basándose en cuatro principios fundamentales: la no maleficencia, la justicia, la beneficencia y la autonomía. Al aplicar estos principios a la asistencia de los pacientes geriátricos nos encontramos que, en numerosas ocasiones, los cuidados proporcionados no solo no se ajustan, sino que incluso transgreden los citados principios éticos. Este artículo pretende analizar la relación de éstos con las diferentes formas de maltrato por parte de profesionales sanitarios.

Palabras clave: Cuidados enfermeros, ética, geriatría, centro sociosanitario, residencia geriátrica, dependencia

 
     
 

INTRODUCCION

La atención geriátrica constituye, en la actualidad, uno de los temas primordiales tanto a nivel social, como sanitario y cultural. La esperanza de vida aumenta progresivamente debido a la mejora de las condiciones de vida y al desarrollo científico, con lo que cada año es mayor el numero de ancianos, a la vez que éstos llegan a más edad.

La sociedad actual tiende al envejecimiento, y la vejez implica una progresiva disminución de las facultades y un mayor grado de dependencia que se agrava cuando coexiste alguna patología, hecho frecuente en esta etapa. Todo esto implica que un gran numero de ancianos, presenten una disminución o pérdida de su autonomía, es decir, una situación que implica una restricción o imposibilidad de habilidades para realizar una o varias actividades dentro de los límites considerados normales. Esta situación dependencia implica una gran necesidad de atenciones que con frecuencia exceden la capacidad de la familia. En los últimos tiempos la familia se ha ido transformando, dejando de lado en muchos casos la atención a los ancianos, hecho que deriva en la necesidad de hacer uso de centros sociosanitarios, residencias, servicios de atención domiciliaria, etc.

Como enfermeras y enfermeros sabemos que uno de nuestros deberes como profesionales es procurar el cumplimiento de los derechos de las personas que padecen dependencia. Para ello, en primer lugar es necesario concienciarse de esta obligación y es necesario conocer cómo la bioética nos da instrumentos para abordar y reflexionar sobre estas situaciones.

La bioética se articula basándose en cuatro principios fundamentales: la beneficencia, la no maleficencia, la justicia y, la autonomía. Al aplicar éstos principios a la asistencia de estos pacientes encontramos que en algunas ocasiones las atenciones proporcionadas vulneran los citados principios. Y para ello vamos a analizarlos detenidamente.

No maleficencia

El principio de la no maleficencia supone que no se puede hacer daño al otro, incluso siendo éste el que nos lo pida y obliga a tratar a las personas con igual consideración y respeto. En cambio el maltrato al anciano existe; un estudio del año 1995 de la antigua Conselleria de Benestar Social de la Generalitat de Catalunya –actualmente Acció Social i Ciutadania- señalaba que el 46% de los individuos ingresados en centres geriátricos eran “expoliados por sus familias” y el 26% eran objeto de abusos económicos por parte de las propias residencias. En el mismo estudio, se señalaba que el 24% de los ancianos que utilizan los servicios sociales han sido objeto de maltratos físicos. De igual forma todos hemos tenido noticias en los medios de comunicación de la existencia de residencias ilegales o no acreditadas pero en funcionamiento o del cierre de instituciones por abusos a los ancianos.

La Declaración de Almería sobre el maltrato al anciano define el maltrato como “cualquier acto o omisión sufrido por personas de 65 o más años, que vulnere o ponga en peligro la integridad física, psíquica, sexual o económica, incluyendo también los principios de autonomía y otros derechos humanos”.

Es importante diferenciar entre el maltrato físico, psíquico, sexual y económico para poderlo identificar correctamente. Todos coincidimos en que una paliza es un maltrato físico que precisa una sanción moral y penal, pero la privación de una higiene o una pauta inadecuada e insuficiente de cambios posturales también es un maltrato físico, a pesar de no tener la misma valoración moral. Otras veces el maltrato es provocado sin intencionalidad, por desconocimiento, habituación o agotamiento de los cuidadores (broncoaspiración, úlceras por presión...); esta no intencionalidad es un atenuante, pero no siempre exime de responsabilidad.

Admitir la posibilidad de que el maltrato existe es un punto importante para garantizar una atención ética en condiciones. El personal de enfermería, por su proximidad con las personas, se encuentra en una situación privilegiada para detectar el maltrato, pero generalmente desconoce el abordaje y las características de este tipo de situaciones, por lo que frecuentemente se detecta cuando los hechos son muy evidentes o las consecuencias muy graves. En nuestro ámbito profesional tal vez el recurso más importante recae en la observación del paciente, que puede ofrecernos una información muy valiosa, sobretodo a través del lenguaje no verbal.

Justicia

El principio de Justicia obliga a tratar a todas las personas con equidad, es decir, con igual consideración y respecto. La discriminación, marcación o segregación de los pacientes es injusta e inmoral. El acceso a los servicios sanitarios ha de ser equitativo y éstos han de prestar un nivel de asistencia adecuado a las necesidades de la población y a los recursos disponibles. Los recursos sanitarios son cuantiosos pero limitados, por lo que parece lógico que existan criterios que acoten su distribución; éstos no deberían basarse sólo en la edad aunque algunos autores lo propugnen; la vida es un derecho y un valor igual para todos los seres humanos. La edad deberá formar parte de un conjunto a valorar, juntamente con el estado físico, mental y el grado de dependencia, etc.

Tan injusto es el abandono, la dejadez o la desatención terapéutica, cómo el sobretratamiento que se produce por la negación de que el envejecimiento conduce a la muerte. Intentar retardarla por todos los medios posibles conduce al denominado “encarnizamiento terapéutico”, que supone para el individuo un alargamiento de la su agonía y para la sociedad un gran uso de recursos. El objetivo no ha de ser el alargamiento de la vida biológica cómo tal, sino el conseguir una vida plena. La exigencia ética que ha de acometerse es la de atender al paciente. Cuando “curar” no es posible, adquiere una dimensión principal el hecho de “cuidar”, dando especial atención al alivio del sufrimiento tanto físico cómo espiritual. Aspectos cómo escuchar, dedicar tiempo, reconocer los esfuerzos, animar, en conclusión acompañar, suponen la frontera entre una asistencia meramente técnica y otra humana, más propia de la disciplina enfermera.

Beneficencia

El principio de beneficencia se traduce en que se tiene que hacer el bien a las personas, teniendo en cuenta que el concepto de “bien” es subjetivo, con lo cual “nuestro bien” no tiene porque coincidir con el “bien” del otro; por eso es preciso comunicarse de forma efectiva con la persona, descifrar su voluntad y respetarla. Antiguamente los ancianos tenían un peso específico dentro de la familia cuidando a los pequeños de la casa y representando un referente a seguir y imitar, pero actualmente la sociedad se centra sobretodo en la productividad, con lo que el anciano ha pasado de una posición de eje familiar y social, a otra en la que, en algunos casos, a penas es considerado como estorbo, surgiendo el abandono.

El anciano ha cumplido ya con sus deberes de ciudadano y sería el momento de disfrutar de los derechos adquiridos; esto implicaría que la sociedad debería de satisfacerlos por obligación a través de mecanismos públicos, pero no eximiendo a su familia, que tiene que cubrir las necesidades de afecto y respeto. La realidad muestra que numerosas familias se inhiben y desde el punto de vista social tampoco la situación es muy buena, con lo que la vejez acostumbra a ser sinónimo de soledad, uno de las situaciones más temidas por los ancianos y que más inseguridad les provoca. Las residencias geriátricas, públicas o privadas, “liberan a la sociedad de esta carga”, pero con demasiada frecuencia el anciano no está integrado, sino separado de su entorno familiar, social y afectivo.

Según la teoría de las necesidades de Maslow, después de las necesidades fisiológicas, hay otra cómo la seguridad, amor, pertenencia y respeto. Las enfermeras y enfermeros podemos complementar y/o facilitar la satisfacción de éstas necesidades, pero no podemos sustituirlas; por ello es necesario que desde las instituciones sociosanitarias y residencias se reclame a las familias una implicación en el soporte emocional y en el acompañamiento a este anciano, sobretodo si este padece algún grado de dependencia.

Autonomía

El principio de autonomía supone la capacidad de actuar con conocimiento de causa y sin coacción. Toda persona autónoma es capaz de tomar sus decisiones, incluso cuando está enfermo. El respeto a la autonomía supone la no interferencia en sus derechos, deberes y valores y la aceptación de las opciones que él escoja. Toda persona tiene derecho a ser informada sobre su situación, alternativas y tratamientos, favoreciendo y respetando la toma de decisiones.

El anciano, mientras no se demuestre lo contrario, es una persona autónoma. Tener dificultad para hablar o para moverse, un tiempo de respuesta más prolongado y una asimilación de la información más lenta, no lo incapacita para decidir sobre su salud y su vida. En cambio, con frecuencia, tanto los propios familiares como los profesionales, vulneramos esta autonomía, ya sea en la información que damos en el momento de tomar una decisión, en la alimentación, higiene, vestido, regulación de visitas,… apareciendo de esta manera el paternalismo.

El consentimiento informado es un proceso fundamental para promover y asegurar la autonomía moral de los ancianos. No solo es un intercambio de información para que el paciente firme una autorización, sino que supone una comunicación bidireccional donde se tiene que ofrecer, de forma asequible, toda la información, recomendaciones y alternativas que se consideren convenientes para recibir del paciente las decisiones sobre lo que él entiende como mejor para sí mismo. En la práctica asistencial, según las decisiones adoptadas, pueden surgir dudas sobre la competencia del anciano; además, toleramos mal el rechazo de las indicaciones; pero si el individuo es capaz y autónomo, debemos asumirlo y respetarlo.

Conclusiones

Los cuidados y atenciones proporcionadas a un anciano con dependencia están más en función de los recursos del sistema que de las necesidades del anciano. Aún con la nueva Ley de Promoción de la Autonomía Personal y de Atención a la Dependencia aún queda un largo camino para recorrer hasta conseguir que la oferta de servicios satisfaga la demanda existente, tanto en recursos como en eficiencia. Si se consigue, estaremos en condiciones de asegurar a nuestros ancianos que siguen siendo ciudadanos de primera.

Desde la disciplina enfermera hemos de proponer significaciones éticas a nuestros actos para evitar situaciones como las que hemos descrito. Si el anciano expresa un sentimiento o necesidad, tenemos que darle la prioridad y valoración adecuadas. A partir de este tipo de razonamiento deberemos preguntarnos, desde la perspectiva bioética, si estamos satisfechos de los cuidados proporcionados. Tenemos la obligación moral de prestar atención a cualquier señal que sugiera la existencia de maltrato, negligencia, abandono, encarnizamiento terapéutico o paternalismo en el tracto a nuestros clientes ancianos, así como la realización de las actuaciones oportunas para corregir esta situación y evitar cualquier otra posible.

 
   
 

BIBLIOGRAFIA

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